Breve comentario sobre la masa


Por Gerardo Bustamante
Imagen de 80grados.

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Existe un poder que nunca ha sucumbido en la historia de las tiranías manteniéndose, generalmente, dentro del papel de la oposición subyugada. Se le ha llamado despectivamente “masa”, otros la han señalado como la “mayoría”, y cada vez que ha triunfado le han dado el nombre de justicia. Quizá sea la más temible manifestación humana, pues se conduce con delirio poseída de una convicción absoluta. ¡Cuán terrible sería escuchar para cualquier autoridad aquellas voces sin individualidad gritando: revolución!

Maleable, superficial y sobrante, la masa se puede reducir sin escrúpulos a un objeto de uso que bien podría ser representado como un guante. Es abrumador el número de manos a las que podría ajustarse: ambiciosas, tiranas, frágiles, ciegas, astutas y pocas benévolas. En la mano del hombre ciego la masa es ciega, se desliza sobre horizontes oscuros creyendo lo invisible. La sentencia  de Eurípides: “la masa es una cosa temible, cuando sus jefes son perversos”, representa el olor trágico vertido por los dioses a las pasiones del hombre.

La masa nace de la sociedad, del pueblo aglomerado. Inicia con un sólo individuo desprotegido y sin identidad que al no ser capaz de labrarse un mundo le es menester acoplarse a algo, cualquier cosa, como una pieza de rompecabezas buscando adaptarse a la pieza que tiene a lado. Así van juntándose hasta formar un montón de brazos olvidados de su propia inteligencia, convirtiéndose en un monstruo sin razón que, por su potencial de barbarie, debe mantenerse alejado de los impulsos. Pocas almas han logrado serenar a la bestia. Quizá la más grande de aquellas fue Gandhi, el hombre de la no violencia. En una ocasión expresó: “El poder de las multitudes es el deleite del tímido. El valeroso de espíritu se deleita cuando combate a solas”.

Hay hombres que consientes de que el espíritu de la bestia habita en la sociedad, la evitan cuando se vierte su aroma en el ambiente. Nunca se sentirán cómodos en las reuniones sociales. Prefieren la soledad o el diálogo con una sola persona, pues cuando varias voces aparecen para proferir juicios, se pierden los argumentos y saltan las opiniones. Por ello, difícilmente se encontrarán junto a los demás. Se puede discutir con un hombre, pero no con una muchedumbre. Como escribió Schopenhauer: “cien necios puestos en montón no producen un hombre de talento”.

En ocasiones la aparente sociedad pasiva puede ser invadida por un sentimiento de indignación. Y cuando existe una provocación ante ese estado se encienden los ojos de la bestia. Si no hay un Gandhi entre los hombres de valor, se está ante la ferocidad sin control de la masa. Es más fácil gritarle a alguien que “se vaya al diablo” que dedicarle tiempo a la reflexión, pues en ánimos agitados el enojo es lo que domina al hombre. Una vez que la ira se presenta en un individuo los demás, por su propia adaptación al grupo, se ven contagiados.

En los coloquios filosóficos de Confucio leemos: “Cuando una muchedumbre de personas se halla reunida durante todo un día, las palabras de ellas no son todas las de la equidad y la justicia; sólo se complacen en ocuparse de cosas vulgares y llenas de astucias. ¡Qué difícil les es hacer el bien!” Sin embargo, es posible que un conjunto de individuos, realmente, busquen hacer el bien; pero no es suficiente una intención, el bien se hace y este no llega sino por una larga reflexión. Una verdadera reflexión en cada uno de los individuos de tal conjunto, lleva irremediablemente a la separación. Cuando hay separación la bestia muere, y cuando la bestia muere hay lugar para la razón y las palabras.

Debemos tener cuidado de nuestras acciones, de nuestros pensamientos, de la influencia que tenemos del mundo. Vivimos en la era de las masas. En el inicio de las civilizaciones el poder pertenecía a un solo hombre, después surgió otra fuerza que se llamó aristocracia, con el desarrollo de la técnica nació la burguesía, y por último, empezó la revolución de las masas con el llamado proletariado. Los derechos ganados se convirtieron en un poder legítimo, lamentablemente, ese poder se usa sin responsabilidad. Cada individuo es como un tirano a pequeña escala cuyos móviles surgen de la imitación. Jamás ha sido tan grande el poder de las multitudes, poder que sólo resulta en detrimento para todo lo que se le atraviesa. Las masas se vuelven consumidoras y voraces, no hay juicio, se multiplican. Individualmente cada quien exige un reino y así se mueven creyendo que son reyes.

Hay razón en temer las acciones de los muchos, en aquellos actos donde aparentemente existe una pasividad se esconden males inimaginables. Las cosas que son aceptadas por la mayoría, son las cosas fáciles, las que no se dan por la vía de un riguroso pensamiento, sino las que se obtienen por el menor esfuerzo mental. La masa nunca sabrá de las consecuencias, ni siquiera sabe las causas. Esa es la gran irresponsabilidad de muchos, no saben cuánto daño hacen al mundo.

Séneca decía: “Tal es la opinión de la mayoría… por eso mismo es la peor de todas. La aprobación de la multitud es el indicio de que la cosa es mala. El vulgo es el peor intérprete de la verdad”.

A pesar de lo mencionado, el no formar parte de la masa bien podría ser juzgado como un acto de locura. La persona que se mantiene apartada siempre representará una amenaza contra la naturaleza de las mayorías. No olvidemos las palabras de Ikram Antaki: “No hay mucha valentía en sumarse al aplauso unánime, hay valentía en oponerse a las unanimidades”.

Si la masa fuera inofensiva no sería necesaria una resistencia a la corriente. Incluso la unión a ella sería tolerable. ¡Si tan sólo las inteligencias fueran las que se sumaran a las masas! Pero todo queda reducido a la siguiente máxima de Goethe: “Nada es más repulsivo que la mayoría: pues está formada de unos pocos cabecillas enérgicos, de unos pícaros que se acomodan, de unos débiles que se asimilan, y de la masa que sigue la corriente sin tener la menor idea de lo que quiere”.

Gerardo Bustamante. Confucionista y diletante.

*Material publicado en el segundo número de diletante.

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