Buen vivir y Sustentabilidad Inc.


Vegetales orgánicos, blog ECOSER.

Vegetales orgánicos, blog ECOSER.

Por Eréndira J. Cano Contreras

Cada vez con mayor frecuencia podemos encontrar en supermercados, cadenas de café y comida rápida u otros establecimientos del estilo, una gran cantidad de productos que exhiben en sus etiquetas leyendas como “amigable con el medio ambiente” o “envase biodegradable” –por poner sólo un par de ejemplos-, pero sobre todo (¡oh! felicidad de los conservacionistas) es notable el aumento en el número de productos “provenientes de agricultura sustentable”, “orgánicos” o de “fairtrade”[1] que se venden en estos lugares y que en algunos casos, incluso son la base de su imagen corporativa (cualquier parecido con Starbucks es mera coincidencia).

¡Enhorabuena! Las transnacionales ya se preocupan por la sustentabilidad y el planeta, procuran comercializar productos que paguen a los campesinos lo justo por su trabajo y que no tengan el coctel de conservadores y aditivos que tanto daño hacen a la salud humana… ¿Ah sí? ¿De verdad como sociedad estamos dando el vuelco a una mayor conciencia en lo que consumimos? ¿Ya somos sustentables, verdes, conscientes…?

Desde que aparecieron apartados que obligan a los gobiernos a tomar “medidas sustentables” en acuerdos internacionales de diversa índole y a partir de que en organismos como el FMI (Fondo Monetario Internacional), el Banco Mundial o el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) se impulsó la implementación de “políticas verdes”[2]; todo el mundo está ansioso por correr a formarse en las filas que dicen “empresa sustentable”, “certificación orgánica”, “comercio justo”…

No obstante, sería interesante que –en primer lugar y para ponernos de acuerdo-, revisáramos el concepto de desarrollo sustentable, ya que es precisamente bajo su nombre que han aparecido todos estos modelos, certificaciones, políticas y planes.

La primera vez que el mundo escuchó juntas estas dos palabras fue en un documento llamado “Nuestro Futuro Común”, que después fue bautizado como “Informe Brundtland” y en el cual una comisión formada por diversos países –con la Dra. Brundtland, primer ministra de Noruega a la cabeza-, redactó un informe sobre la situación socio económica del mundo en ese momento, reconociendo la problemática ambiental que comenzaba a despuntar en el horizonte mundial e intentando plantear alternativas que respondieran a ello.

Así, en el documento que por el momento nos ocupa, el desarrollo sustentable fue definido como: “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Como podemos ver –y lo cual ha provocado que sea objeto de diversas y nutridas críticas- en este párrafo en ningún momento se hace referencia a la conservación del ambiente y mucho menos se plantea la posibilidad de reconfigurar el esquema y ritmo de crecimiento y producción, principales causas del deterioro ambiental.

Aún así, este documento dio pie al surgimiento de un nuevo paradigma, el de la sustentabilidad, que desde su origen reitera que el  crecimiento económico y tecnológico no está en desacuerdo con la preservación de la naturaleza. De tal suerte, bajo este concepto el crecimiento económico no debe ser frenado: el actual modelo de apropiación de la naturaleza debe ser, en cierta forma, modificado, para asegurar la permanencia y regeneración de los recursos naturales[3]. De esta manera se aseguraría su explotación tanto por las generaciones presentes como por las futuras.

Con tales argumentos, no es de sorprender que este concepto desde su aparición haya sido fuertemente cuestionado y visto por diversos ideólogos (entre ellos Ivan Illich, acérrimo crítico de la sociedad moderna), como uno más de los discursos del desarrollo y el capitalismo, pues implica la continuidad del actual modelo de producción y consumo de bienes, que como bien se sabe, son los responsables de grandes consecuencias sociales, políticas y ambientales.

De tal suerte, el desarrollo sustentable es un término acuñado por las naciones hegemónicas, que no puede dejar de contemplar sus intereses económicos: aunque se hable del manejo de los recursos naturales para su conservación, no se deja de hablar en términos utilitarios. Además, no podemos cegarnos ante la evidencia de que existen fuertes intereses económicos y políticos que adoptan el desarrollo sustentable como bandera para lograr sus fines, pues las naciones desarrolladas siguen imponiendo sus modos de vida y patrones de consumo a las naciones “en vías de desarrollo”, so pretexto de un modelo “sustentable” de producción.

El consumo de productos “orgánicos”, “de comercio justo” o “biodegradables” no resolverá los problemas ambientales actuales. Como reza una de las máximas de la educación ambiental, es mejor “no generar” desechos a través del consumo consciente y responsable, que implica comprar directo a productores, en mercados locales, con la menor cantidad de empaques posible y únicamente lo que se necesita. Se trata también de revalorar, redescubrir y reinventar formas de producción, intercambio y comercialización que impliquen un trato justo entre los involucrados y que reduzcan la huella ecológica de los productos que estamos consumiendo.

En ese sentido y siguiendo con las incongruencias de la sustentabilidad, las sociedades locales (indígenas, campesinas) tenían modos de producción, apropiación de la naturaleza e intercambio de productos ambientalmente amigables y socialmente justos, los cuales fueron reprimidos y absorbidos por avasallantes formas capitalistas y corporativistas de organización y producción. No obstante, en el discurso que prevalece actualmente desde organismos internacionales, se habla de retomar estos modelos tradicionales, como una estrategia discursiva e hipócrita de aprovechar los recursos de las comunidades locales para seguir manteniendo los niveles de consumo de países industrializados.

Ante todo este panorama y como respuesta a la imposición (¡otra vez!) de conceptos y modelos ajenos a la realidad propia, es cada vez más común la discusión y creación de términos locales alternativos al de sustentabilidad, que realmente respondan a las cosmovisiones, necesidades, expectativas y esperanzas de los pueblos que verdaderamente buscan regresar a la vía de la tierra, de producir e intercambiar con equidad, cariño y conciencia.

Es así que el término Buen vivir se ha propuesto como una opción de vida que incluye aspectos productivos y económicos; pero también espirituales, organizativos, sociales o de género y su difusión como modelo alternativo y contrario al del Informe Brundtland, cobra cada vez más fuerza, sobre todo en los países del Sur, con modelos de consumo y producción muy distintos a los de países “desarrollados”.

Desde pueblos indígenas y comunidades locales y a partir de foros campesinos y encuentros de colectivos, se han acuñado modelos que contienen una serie de elementos y propuestas derivadas de cosmovisiones, realidades y necesidades locales.

Algunos ejemplos de ello son: el Lek’il Kuxlejal (buen vivir) acuñado por mayas tsotsiles y tseltales de Chiapas; el Sumak Kawsay (hermosa vida)que enarbolan como modelo de vida las comunidades andinas quéchuas de Sudamérica; el Minobimaatisiiwin (good life) de algunos pueblos originarios de Estados Unidos, Canadá y Alaska, quienes hartos de ser quienes más padecen los estragos de modelos desarrollistas y contaminantes, han recordado el papel preponderante de las mujeres en su religión y organización, proponiendo modelos contrarios a los eurocentristas que las denigran y menosprecian y reconociéndolas sabias y poderosas; el Suma Qamaña (buena vida) de los aymara andinos, quienes junto con los quéchua, son ejemplo mundial de organización y producción basadas en saberes y creencias ancestrales; el Teko Porá o Teko Kavi de los guaraníes amazónicos, tan golpeados y afectados por la extracción petrolera en su territorio, uno de los más biodiversos del mundo; y el Sési irekani (buen vivir)de los p’urépechas de Michoacán; por citar sólo unos cuantos ejemplos de los cientos que están surgiendo cada día desde  comunidades locales en todo el mundo.

Desde nuestras pequeñas trincheras, podemos hacer cambios que realmente respondan a nuestra historia y necesidades. La certificación orgánica participativa como alternativa a las certificaciones –carísimas y corporativistas- de organismos certificadores internacionales es una hermosa opción para acercar a productores y consumidores de productos sanos y verdaderamente amigables con la Madre Tierra; el sistema de trueque –de servicios, productos o lo que se nos ocurra- cada vez toma más fuerza y la creación de pequeñas comunidades de intercambio en barrios, colonias y comunidades, es una opción viable y sencilla para obtener a un precio justo aquello que puede satisfacer nuestras necesidades, creando a la vez lazos y colectivos que puedan ser la semilla de cambios profundos que comiencen despacio y en pequeño, pero con pasos firmes y amorosos.


[1]“Comercio justo”; me siento obligada a usar el vocablo sajón pues es el título oficial dado por las certificadoras internacionales.

(Nota personal: como si alguien en este mundo aún creyera que el comercio puede ser justo…).

[2]Vano intento de ser “políticamente correctos”, incorporar voces de inconformes y conservacionistas y justificar el mantenimiento de un ritmo de crecimiento económico obviamente insostenible e incompatible con la naturaleza.

[3]Es de notar el uso del término “recursos naturales”, que lleva implícita la concepción de la naturaleza como un recurso, esto es, un objeto o una serie de objetos con un valor de cambio y sujetos a leyes de mercado.

Eréndira Cano Contreras. Aprendiz de bruja, semillita de permacultora, bhaktiyoguini y consteladora comunitaria. Etnobióloga apasionada por las cosmovisiones indígenas, el trabajo comunitario y la defensa, conocimiento y valoración de las variedades locales de plantas y animales.

*Material publicado en el segundo número de diletante.

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