Entrevista a Augusto Fontanarrosa para la revista Diletante


Por Javier Arroyo

Siendo las 10:44 pm, hora México, me dispongo a llamar por teléfono al ensayista y ex periodista peruano Augusto Fontanarrosa. Una entrevista planeada por correos electrónicos desde hace algunos meses. Ayer recibí el siguiente correo:

                                Saludos.
Ayer viajé de la Paz hacia Guatemala. Estaré tres días. Llámeme mañana a las 10:45 hora México. Le ruego sea puntual.

Augusto

Imagen de Script

Imagen de Script

Entrevista hecha vía telefónica el 5 de diciembre de 2013.

Detrás del auricular me responde un hombre con la voz baja y taciturna, pero dulce. Después del protocolo inicial —muy nervioso de parte mía—, él me pregunta:

A. —¿Cómo está México?

 J. —Enfermo, no da signos de vitalidad. Los poderosos son cada vez más cínicos y cobardes. Pareciese que el pueblo está dormitando. Ni muerto ni vivo. Allá la  cosa es similar, ¿no?

A. —Patéticamente igual, obviamente con sus problemas endémicos. Pero, a lo mismo huele la injusticia, ya sea en Guatemala o en China. Nosotros, somos hijos de la misma madre. Toda Latinoamérica sufre lo que a la madre le duele y perturba. Algunos puristas e intelectuales, típicamente burgueses, dirán que exagero demasiado, pero ellos no caminan por las calles, pueblos o bosques. Sólo son pensadores de escritorio y corbata. También hay que rasparse las rodillas.

J. —¿Cómo percibe a la gente de las comunidades o pueblos con las de las ciudades?

A. —Muy diferentes. Antípodas por naturaleza. La cuestión es que: las de las ciudades piensan erróneamente—, que las de los pueblos necesitan la ayuda, que son los pobres, los indefensos, los olvidados, los descalzos, los rezagados. Puede ser que tengan algo de razón, ¿pero qué es la riqueza, el éxito, la verdad, la sabiduría, la educación? No es lo mismo para un monje taoísta, o Huichol, que para un banquero o un político. Cuando estoy en la ciudad me da un poco de risa, no burlesca, sino de compasión, al ver a esas personas exclamando felizmente que aquello es “el progreso”.

 J. —¿Qué haría un citadino, rico o pobre, con estudios o sin ellos, en medio del bosque, con sus propios demonios, cara a cara con él mismo?

A. —Habrá muchas respuestas posibles. Yo siempre he pensado que quizá morirse. Claro, los que nacimos y vivimos en las ciudades somos totalmente inútiles. No sabríamos sobrevivir en un medio agreste. Hemos rechazado toda la herencia de más de cinco mil años. ¿Quién sabe sembrar?

 J. —Es importante incluir en la formación de un individuo un conocimiento amplio sobre la permacultura, tecnologías sustentables, amor y respeto por toda manifestación de vida, ¿no es así?

A. —Por supuesto. No sólo de leer y de cultura vive el hombre. También necesita ensuciarse las manos. Saber sembrar sus propios alimentos. Esto implica mucho conocimiento de la naturaleza, fases lunares, tipos de tierra y cultivo. Pero eso no se enseña en las escuelas de hoy día, ya ni sus padres lo aprendieron.

 J. —Ése es un tema que me gustaría platicar. Las escuelas son centros de aplacamiento, de inhibición de la creatividad, formadoras de gregarios, ¿por qué los padres siguen recetando e imponiendo esta supuesta “educación”?

A. —Definitivamente es un tema que me apasiona. Mire usted, los padres siguen metiendo a sus hijos a las escuelas por dos sencillas razones: la primera es totalmente errónea y pueril, darles un mejor futuro y disque educación. Porque estudiar, y con “estudiar” me refiero a estos centros de la macroestafa, llamados escuelas y universidades, darán por resultado una vida de éxito, un trabajo, un título, y toda esa bola de títulos aristocráticos, que tanto desean las personas, ¿verdad doctores en…? Y la segunda, esa sí es muy triste, porque no les queda de otra, o trabajan todo el sagrado día o se mueren de hambre ellos y los hijos. Es decir, son guarderías en potencia.

 J. —Cuando los niños o los jóvenes no “estudian” son tachados o criticados por la masa, pareciera que los únicos dos caminos en la vida son estudiar o trabajar, sino eres un holgazán. Obviamente en el sistema no encajan los autodidactas, los que aprendieron por un maestro, los de generación en generación, los artistas…

A. —Claro que no. Si quieres hacer el mejor pan francés, vete con un maestro panadero francés, y quizá aprenderás hacer el mejor pan. O pagar mucha plata, por una carrera. Y no sabrás hacer el mejor pan. En el renacentismo, si el niño quería ser pintor, los padres lo llevaban con un maestro, éste lo adoptaba por tres o cuatro años, le enseñaba a dibujar, pintar, retratar y demás cosas importantes, que no siempre tenían que ver con el arte. Así le pasó a Leonardo da Vinci y a muchos otros grandes maestros del arte. La lista sería interminable.

J. —Ahora las artes son, o más bien, han sido institucionalizadas. Son una burocracia que apesta igual a las de otras instituciones. Conservatorios, escuelas de artes plásticas, teatro, cine, etc. ¿Y el arte dónde queda?

A. —Todo los jóvenes que entran a esas instituciones lo hacen por un sueño, meta, un espejismo, pero en la mayoría de los casos, la escuela se encarga de nublarlo, de acabarlo, de olvidarlo, de resignarlo. Ojalá no inventen la carrera de escritor… [Risas]

J. —Los escritores son autodidactas por excelencia, con profesiones diversas, estudios muchas veces truncos, ¿por qué?

A. —Los escritores son observadores, contemplativos, con una dosis peligrosa de pesimismo, esperanza y sentido del humor. El escritor se hace en gerundio, es decir, escribiendo, pero también leyendo y leyendo mucho. No escribir por ningún motivo más libros de los que se ha leído. Esos son los mediocres. El escritor resiste, analiza, se pierde, se equivoca, juega. Si te dijera una lista de los escritores que no fueron a la universidad, nos darían las dos de la madrugada.

 Primera parte de la entrevista.

Augusto Fontanarrosa. Nació en una tarde lluviosa en el Perú. De niño jugaba a ser árbol o pájaro. Trabajó como periodista y locutor de radio. Ensayista y defensor incansable de la naturaleza. Viajó por América Latina, Asia, Europa. Pasa la mitad del año en su casa de campo escribiendo, jugando al ajedrez y haciendo Tai Chi. El resto del año el encuentro inevitable y muchas veces dulce: la ciudad. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s