Diagnosticado como sociópata


De cualquier manera sólo vivimos una vez. Una única oportunidad para existir, pero la pregunta más importante es ¿a qué le vamos a dedicar nuestra vida? Hay un camino, el más difícil, el de la disciplina, constancia, el trabajo arduo, la reflexión, la bondad. El otro, el fácil, el de los cobardes, los mentirosos, mediocres. los que aplastan por dinero a quien sea. “El hombre sólo vino a dos cosas a este mundo: a ser feliz y a ser justo”, decía Jorge Luis Borges. ¿Quién es digno de llamarse hombre si todos se lastiman entre sí, los capaces de hacer cualquier cosa por dinero, los que se corrompen, los que se creen superiores a cualquiera? 

Diagnosticado como sociópata

Mi vida no puede considerarse desafortunada. Desde niño siempre tuve lo que necesité: juguetes, comida, ropa, zapatos. Televisión. No puedo quejarme. Salía a jugar por las tardes con los niños de la cuadra: los encantados, corretizas, avioncito, fútbol, béisbol, a ver quién corre más rápido, a ver quién se cae primero, a ver quién no se cae, quién se atreve a saltar esa barda y a enfrentar el perrote de la vecina. A las siete salía mi madre con una jarra de agua de sandía, nos daba de beber a todos, despedía a los niños ajenos y me metía a la casa. Comía un poco de cereal y a dormir. Al otro día a la escuela. La maestra se enojaba y nos gritaba, a mí me amarraba la mano izquierda porque decía que era la mano siniestra. Matemáticas, ciencias naturales, historia de México, español. Sonaba la campana, regresaba a casa, comía y a jugar de nuevo. Corretizas, fútbol, a ver quién aguanta más, a ver quién es mejor. Luego mi madre. Agua de sandía. Despedida. Cena. Cama. Creo que era feliz. Menos cuando me amarraban la mano. Eso no me gustaba, o tal vez sí. No lo sé. Tampoco sé si me caía bien la maestra. De hecho cuando la recuerdo no sé si la odio o la estimo, no sé si le tengo rencor o admiración. Odiaba que me pegara con la regla para que usara la otra mano. Odiaba tener que morderme las uñas de la angustia por no poder entregar mis trabajos y tareas a tiempo, porque mi mano derecha no era tan diestra como la otra. Ella insistía. Pero eso sí, siempre fue muy cariñosa: “A ver Ernestito” decía mientras me acariciaba la cabeza “deja tu manita fea a un lado e intenta escribir con la mano buena. Recuerda que esta mano es mala, es del diablo. No debes escribir con ella”. Yo no estaba convencido y siempre que se volteaba aprovechaba para adelantar el trabajo con mi mano izquierda. En cuanto volteaba cambiaba el lápiz de mano para que no se diera cuenta. Por supuesto que se daba cuenta, si tonta no era, yo creo que por eso mejor optó por amarrarme la mano. La primera vez mi inocencia hizo que me dejara amarrar sin prejuicio; después ella  tenía que perseguirme por todo el salón para intentar sentarme y amarrarme mi mano siniestra; todos se reían frente a ella haciéndola desesperar, hasta que finalmente con un cariñito en la oreja y un beso en la nuca me convencía de sentarme y de dejarme amarrar. Eso fue al principio, después yo solito me sentaba y me dejaba amarrar. Me había convencido de que mi mano era mala y de que solo me iba a traer problemas. Me dijo que los niños zurdos necesitan muchos más cuidados que los derechos, y que eso requiere mucho más dinero “Y tú no quieres hacer gastar a tus papas ¿verdad Ernestito?”. Decía que cuando necesitara usar unas tijeras no iba a poder usar unas tijeras normales, si no que me iban a tener que comprar unas especiales “y son mucho más caras que las de los diestros Ernestito”. Decía que iba a necesitar un pupitre especial para hacer mis tareas, que tendrían que mandarlo a hacer sólo para mí. “Y ya suficiente esfuerzo hacen tus papás como para seguir gastando en ti ¿No crees Ernestito?”. También decía que las cosas más comunes estaban solo hechas para los diestros; que yo jamás iba a poder manejar un carro porque la palanca de velocidades estaba del lado derecho “A menos que te vayas a vivir del otro lado del mundo y que dejes de ver a tus papás después de todo lo que gastaron para que tu fueras un niño zurdo y caprichoso ¿Verdad Ernestito?”. Y finalmente, lo que supongo que me hizo cambiar de opinión: “A ti te gusta la música ¿no Ernestito?, bueno pues ¿qué va a pasar cuando algún día quieras tocar la guitarra?, las guitarras están hechas para diestros” yo le dije que la voltearía y que no iba a importar. “No Ernestito, así no se puede tocar la guitarra…” Me había convencido de que había nacido en un mundo de diestros y que necesitaba volverme uno de ellos para poder encajar, para poder vivir en paz. Por eso me dejaba amarrar la mano, por eso dejaba que me pegara, por eso me mordía las uñas todo el día, por eso llegaba a casa y yo solito me amarraba la mano izquierda mientras hacía mi tarea; tenía que aprender a usar mi mano derecha o si no mis padres iban a pagar caro por ello. Tenía que aprender a usar mi mano derecha o si no jamás podría tocar la guitarra. Desde entonces cada vez que iba hacer algo con mis manos lo pensaba dos veces. La naturaleza quería que lo hiciera con la izquierda, pero mi mente hundía ese impulso con las palabras subconscientes de mi maestra de primaria, y su recuerdo me hacía accionar con la mano derecha. Así fue como poco a poco comencé a cargar mi mochila con la derecha, a abrir la puerta, a comer la sopa, a lavarme los dientes, a bañarme, con la derecha; después a masturbarme, a rasurarme, a tomar cerveza, a acariciar. A cargar el maletín, a ofrecer catálogos, a recoger catálogos, a tocar puertas. Con la derecha. En este punto de mi vida ya no tengo que pensar en hacer las cosas con la derecha, ya siempre las hago así, pero si me agarran distraído, mi instinto siempre reacción con la izquierda; como cuando lancé la colilla de mi cigarro hacia ese tanque de gas que iba pasando frente a mi ventana. Esa sí que fue una acción inconsciente, instintiva. Supongo que por eso dicen los médicos que fue un intento de suicidio; que estoy loco. Yo no lo creo así. Yo solo estaba pensando en muchas cosas mientras fumaba. En mi mente recorrí todo mi día; desde que me levanté, cuando me quité las lagañas de los ojos, cuando me puse mis pantuflas y fui a la cocina a hacerme un café; cuando me metí a bañar y desde la regadera escuché la tetera, cuando salí del baño con la toalla enredada y corriendo hacia la cocina me resbalé y me di un fuerte golpe en la cabeza. Me sobé mientras me levantaba a apagar la estufa, le puse el agua a la cafetera, la prendí y regresé a vestirme. Calcetines, pantalones negros, camisa de siempre; volví a la cocina, me serví café, le puse azúcar, saqué la leche y le vacié un chorrito, le di un sorbo y escupí. La leche estaba echada a perder. Tiré el café en la lava platos, salí de la casa, subí a mi carro y no encendió; necesito llevarlo al mecánico, pensé. Tuve que caminar hasta el trabajo, llegué tarde y me descontaron la mitad del día. La jornada comenzó: empacar mercancía, cargar, caminar, tocar, sonreír, ofrecer, la puerta se cierra. Caminar, tocar, sonreír. La jornada termina. Todos entregan comandas. El jefe me llama a su oficina. “Ernesto está usted despedido”. No hay manera de convencerlo, no hay nada que hacer, “firme aquí”. No me van a pagar mi sueldo del mes, no me van a liquidar, no me darán nada. Ni modo. De vuelta a casa, con la camisa sudada, sin nada que comer, sin dinero para tomar un camión. Ni modo. Camino, el sol quema, mis piernas duelen, quiero un cigarro. Sigo caminando, llego a la tienda del barrio, veo a don Carmelo, tan buena persona  como siempre, le pido un cigarro, me lo regala, lo guardo en mí pantalón, platicamos un momento, no le digo que me acaban de correr del trabajo, aparento estar bien, muy bien. Salgo de la tienda, camino, unas cuadras más bajo el sol, llego, abro, entro, cierro, me siento en el suelo a pensar. No puedo pensar, tengo mucha sed; voy, abro la llave del fregadero y bebo unos tragos. Regreso, abro la ventana, tomo mi cigarro y lo enciendo. Primera bocanada y comienzo a recordar, segunda bocanada y todo parece estar enredado en mi mente; imágenes, sonidos, palabras, mi jefe, mi trabajo perdido, un dulce que dejé en mi bolsita de catálogos. Otra bocanada. Mi mente se empieza a relajar. Pensando. Sólo pensando, y recordando. Sólo mirando. Mirando por la ventana y fumando. Fumando y fumando. Pasa una pipa, se estaciona justo frente a mi casa. La veo, sigo pensando, recordando. Fumo. Mi mente se relaja mucho más. Cada vez más. Mis acciones dejan de ser conscientes. Bajo la mirada hacia mis manos; mi cigarrillo está en la mano izquierda. Recuerdo a la maestra de quinto de primaria que me amarraba la mano, que me amenazaba, que decía que jamás podría ser un gran músico; recuerdo que nunca pude aprender a tocar la guitarra porque mi mano derecha nunca funcionó bien. Recuerdo cuando me subía a los camiones a cantar. Recuerdo que la gente me abucheaba; Recuerdo cuando me resigné a ser vendedor de artículos modernos y útiles; que me contrataron desde que me vieron y que nunca volví a tocar mi guitarra. Recuerdo mi guitarra. Recuerdo cuando pasaba noches enteras tocándole a la luna. Recuerdo que amaba la música. Mi corazón se apodera de mi cuerpo y como reflejo natural lancé el cigarro lo más lejos posible. Cae debajo de la pipa. Lo miro; no pienso nada. Segundos después la pipa explota. No recuerdo más. Los médicos están seguros de que yo soy un loco, un sociópata, que odio  la vida y a la humanidad. Yo no lo creo. Solo fue un reflejo, una acción completamente natural. Yo no quería matar a nadie, mucho menos a mí. Había perdido mi trabajo pero mi vida no ha sido lo suficientemente caótica como para querer despedirme de ella tan temprano. No soy un suicida, solo soy un hombre al que un día una maestra le obligó a escribir con la mano derecha. Solo soy un hombre sin profesión intentando sobrevivir en un mundo de diestros. Solo soy un hombre que fumaba tranquilamente en la ventana, cuando de pronto recordó el odio que tenía hacia su maestra de quinto de primaria, y lanzó su colilla muy lejos para no recordar que pudo haber sido un gran músico, si su mano útil, no hubiese sido siniestra.

Escritora y actriz

Gina Cima, escritora y actriz

 

Gina Cima Vallarino. Desde siempre mostró un interés particular para la literatura y la escritura creativa. En 2004 cursó su primer taller de escritura creativa con la Escritora: Susan Clymer. Posteriormente en la preparatoria, cursó un taller de escritura creativa con los maestros Gabriel Carpinteyro y Tyler Vossler. El resultado creativo de este taller fue publicado en una revista escolar titulada: Des-Liz. En 2008 Ingresó a la carrera de Teatro de la Universidad Veracruzana, donde comenzó a explorar sus habilidades artísticas al máximo. Comenzó a escribir teatro y a perfeccionar su técnica de cuento. Participó en diversos certámenes sin éxito alguno, pero logró concretar distintos proyectos personales, entre ellos una colección de cuentos llamada: Juegos de la Mente y una segunda colección titulada: Pecados de Amor. En los últimos años ha trabajado como correctora de estilo en el Diario de Xalapa, en la Revista de Investigación teatral y en la corrección de estilo del libro: Investigaciones Artísticas de Antonio Prieto Stamburg. Actualmente y con deseos de perfeccionar su técnica literaria, dedica su tiempo a la investigación teatral y lingüística

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