Los godinez no merecen pan


Imagen de elblogintegral.com

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Los godinez no merecen pan

Por Rodrigo Graue de Toscano

La civilización comenzó a existir en un instante preciso: el día que un hombre, por accidente, experiencia y orillado por múltiples factores creó el pan.

A raíz de ese día el ser humano dejó de ser exclusivamente un cazador y un recolector para convertirse en un ser capaz de fundir la semilla, el agua, el aire y el fuego y convertirlas en su alimento. Es decir, se convirtió en un ser de alquimia, de conocimiento, de experimentación y de ingenio.

Dejó de ser el que consume lo que hay para ser el que elabora aquello que habrá. El instinto se transformó en paciencia, la acción se transformó en creación, la experiencia se volvió conocimiento, y como todo conocimiento, fue transmitido y perfeccionado al paso de las generaciones. Esto nos condujo a algo importantísimo: el surgimiento de los oficios.

Al paso de los siglos los oficios se multiplicaron y se convirtieron en la aportación que cada hombre hacía a su comunidad, y que a su vez le daba la oportunidad de con ello ganarse el pan.

El pandero, el zapatero, el carpintero, el herrero y todos los hombres de oficio tenían algo de lo que carece el hombre actual: tenían un rostro y un papel clarísimo dentro de su comunidad.

Lo que a ellos les sucediera o el cómo realizaran su diaria labor repercutía en todo su entorno.

El panadero tenía la silenciosa pero espiritual satisfacción de que el pan que había en las mesas del pueblo había salido de sus manos y de su horno, el zapatero sabía gracias al trabajo de quién el pueblo no andaba descalzo. Eran personas con trabajos verdaderos, protagonistas de la historia de su comunidad, eran necesarios para la vida del prójimo. Cosa que no sucede con el común del hombre actual, porque ha dejado de ser útil para su semejante con rostro y ha preferido ser útil para una empresa, para un jefe que a su vez tiene otro jefe, y otro, y otro, hasta llegar al amo supremo: el dueño, el empresario, aquel que nadie conoce, cabeza con mil ojos y corazón de acero inoxidable con el que pocos han tenido el místico encuentro y la interminable dicha de estrechar su mano, o lamerla si es posible.

Tras la deshumanizante, funesta y tan aplaudida Revolución Industrial hemos construido máquinas que elaboran pan, un pan sin nombre y sin alma, pan con sabor a empresa, a químicos, a falsedad, a esponjoso plástico del progreso.

Los zapatos que la mayoría calza con orgullo están impregnados de explotación —versión moderna de la esclavitud—, y en su elaboración, como en la mayoría de las prendas, se contaminan sin parar los ríos del planeta, y con eso envolviendo nuestros pies es que andamos el camino, con eso pisamos el mundo.

La industria se ha encargado de imponer la cantidad, la producción y lo masivo como valor sagrado, dejando la calidad, el alma y el sentido de las cosas de lado, o mejor dicho, atrás, en el pasado.

Las empresas como nuevo gran y siniestro régimen, tienen poderosas tropas de infantería, obedientes, sumisas, ciegas y llenas de complejos como toda milicia. Me refiero a los “oficinistas”, también llamados en nuestro país con cierta burla “Godinez”. Ellos son la verdadera fuerza de los empresarios. Son el símbolo más claro de las carencias del hombre contemporáneo y de sus ingenuas y más burdas ambiciones. Y como toda infantería son víctimas y a la vez victimarios.

El oficinista es un ser desprovisto de toda reflexión sobre la vida o educado para no tenerla, si la tuviera sabría que va a morir algún día, y cualquier ser viviente, pensante y sintiente huye de la terrible idea de pasar la vida en un escritorio, trabajando para quién sabe quién hasta jubilarse, si es que no lo despiden antes. Cualquier persona necesita tener un rostro, un camino que andar, y no me refiero al camino del escritorio al baño y de regreso, me refiero a saber que su vida tiene un sentido, y la labor del oficinista no lo tiene. Más de 200 millones de ellos me responderán que el sentido es ganarse la vida y yo les responderé que eso no es novedad, eso lo ha hecho el hombre desde la época de las cavernas sin perder el alma en ese esfuerzo, al contrario, el trabajo solía hacer al hombre más sabio, no más frívolo y descerebrado.

El “godinez” suele ser casi igual a todos sus colegas, como hechos en fábrica, diseñados por su empresa: ambicionan lo mismo, no tienen una opinión propia más allá del lugar común, se visten igual, usan la misma inmensa cantidad de gel para el cabello o los mismos peinados en el caso de las mujeres, creen que los esfuerzos valen la pena por darse “ciertos lujos” como comprarse el tipo de ropa que su trabajo les exige o tener el nuevo modelo de celular con el cual los localizará su jefe en cualquier rincón del planeta a la hora que sea. Es la primera vez en la historia que el esclavo compra con el fruto de su trabajo sus propios grilletes y los presume con una sonrisa similar a la mueca de una hiena.

Pero como dije anteriormente, comenzaron siendo víctimas y en su drama encontraron un refugio contra la vida y la libertad, lo cual es entendible por el alto riesgo que implica mirar ese abismo y por el pavor que genera.

Es natural que el hombre actual sea como es, si come pan falso, si prefiere mirar una pantalla que unos ojos llenos de vida, si se viste con ropajes hechos en serie, si escucha música monótona en el mejor de los casos, si tiene un trabajo sin sentido y la gente se lo aplaude ¿cómo pretender que ese ser encuentre el placer en el alma de las cosas cuando ya perdió la propia?, ¿cómo exigirle que pruebe un pan de verdad y entienda que ese pan contiene al universo, a la historia entera y al corazón del hombre?

¿Cómo esperar que se valore el fruto de los oficios llenos de arte y conocimiento cuando el oficinista entiende el logro como la condecoración (y el ascenso) recibido por seguir órdenes sin chistar durante años?

Pensar en que no hay otra opción de mundo por un asunto meramente de cantidad poblacional es la más grande de todas las mentiras. Si los oficios no fueran menospreciados por este afán de productividad, habría suficientes zapateros en el mundo para todos los habitantes, habría suficientes panaderos para todas las mesas del planeta. No tendría porque haber desempleo en un mundo donde el conocimiento se valorara y la gente quisiera aprender y ser útil para los demás, para su comunidad.

En el mundo vivimos 7,000 millones de personas y se produce alimento para 12,000 millones, es decir, no tendría por qué morir de hambre nadie, y no sólo eso, hay alimento como para que todos comiéramos casi el doble o para que todo ser humano trabajara la mitad para tener lo necesario. ¿Podemos seguir creyendo que el “progreso industrial” es la vía más sensata?

Ojalá algún día la humanidad despierte y no sea demasiado tarde, y todavía haya quien sepa con sus manos hacer una hogaza de pan.

Al ser los voluntarios esclavos de la deshumanización, los “godinez” no merecen una sola migaja de pan verdadero, pero es profundamente necesario para la humanidad que lo prueben. Tenemos que seguir luchando y apostando porque el hombre despierte y regrese a la búsqueda de lo realmente esencial, de lo verdaderamente trascendente y valioso, al encuentro con los placeres creativos y profundos.

 Urge que el corazón humano vuelva a tener el calor del horno de un panadero y no la frialdad de un elevador, que su pecho vuelva a estar lleno de noble harina y no detrás de una espeluznante corbata, un patético gafete, o peor aún, de la camiseta de la compañía.

Volvamos a valorar nuestro tiempo, nuestra vida y nuestra libertad, son nuestras únicas posesiones y son tan breves que es imperdonable ponerlas en venta.

Rodrigo Graue de Toscano

Rodrigo Graue de Toscano

Rodrigo Graue de Toscano. Músico, fotógrafo y escritor, pintor inconstante, amante de la escultura, filosóficamente presocrático, espiritualmente mitológico, de humor y erotismo barrocos, de alma renacentista, corazón flamenco y estómago medieval, siempre guiado por la lujuria, por la belleza o por la imprudencia. 

 

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